La llegenda de Sant Jordi i el Drac

Hoy, día 23 de Abril, es la diada de Sant Jordi (Jorge según dónde :-p), patrón de Catalunya y festividad en Aragón entre otros lugares, así que aprovecho para dejaros el cuento con el que aprendí la leyenda de San Jordi en mi juventud.

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Sant Jordi, realidad y símbolo

Sant Jordi es el Patrón de Catalunya.
Pero también lo es de Aragón, Inglaterra, Grecia y de Portugal, entre otras tierras. Caballero noble y valiente nos lo pinta la leyenda: mártir importante de los primeros siglos del cristianismo, dice la tradición.
Nada sabemos, históricamente, del caballero Jordi: los historiadores no han podido encontrar más que los cuentos que sobre él circulan desde antes de las Cruzadas. Los caballeros que fueron a Tierra Santa volvieron con la historia de la fama que consiguió liberando una doncella de ser devorada por un dragón.
En el siglo VII, la leyenda de Sant Jordi había llegado a Occidente desde Oriente, donde él había nacido y vivido y sufrido martirio.
Sant Jordi, se dijo, al matar al dragón, no sólo liberó la doncella, sino la ciudad, que el dragón tenía sitiada y apestada.
Él solo, lo mató. Esto lo hacía aún más legendario: y, los que han tratado el tema, dicen que también nosostros, cada uno solo, tenemos que matar al dragón del egoísmo, la incomprensión, la injusticia y la bajeza.
Esta nobleza gustó a nuestros guerreros medievales, los cuales se lanzaban a la batalla gritando “Sant Jordi, Sant Jordi!”. Nuestros grandes cronistas lo cuentan.
En el futuro, los caballeros se reunieron en cofradías bajo la advocación de Sant Jordi, pueblos y lugares tomaban este nombre, y el Santo resultaba más y más popular.
El día 23 de abril es diada nacional de Catalunya, y esta diada la dedicamos al espíritu: ofrecemos rosas y ofrecemos libros.

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Érase una vez una ciudad, bella y amurallada, que parecía triste: no lejos de ella vivía un dragón, el cual impedía que la gente se alejase de las murallas: nadie cultivaba la tierra, ni podía hacer leña en el bosque, bajo peligro de muerte.
El dragón era voraz y en un santiamén engullía al desventurado que se arriesgaba a salir de la ciudad.
Dentro de la ciudad todo eran caras largas, y gemidos de miedo.

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Como que el dragón tenía hambre, cada mañana los ciudadanos le ofrecían unas ovejas, para que se saciase y los dejase vivir más tranquilos.
Pero las ovejas eran devoradas de un mordisco, y otra vez el dragón lanzaba su bramido, abriendo la boca, y enseñando los dientes entre llamas y humareda que apestaban el aire y hacían enfermar a los niños.
Las murallas temblaban con cada bramido

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Al llegar el día en que se acabaron las ovejas, el Rey de esa ciudad ordenó que fuesen entregadas al dragón las doncellas que vivían allí.
Se tenía que hacer por sorteo, y a quien tocaba, ¡tocaba!
¡No queráis más lamentos y temblores! Pero el dragón se iba acercando a las murallas, calcinando la tierra que pisaba: pronto su pestilencia haría imposible vivir en ese lugar.
Y mientras, las doncellas, de una en una, salían de los portales e iban el encuentro de su terrible muerte.

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Pero he aquí que llegó el turno a la propia hija del rey. Este se percató del alcance de la mesura tomada; y, desesperado, ofreció el reparto de las tierras y bienes de la corona, a cambio de ahorrarse el sacrificio de la princesa. ¡Ah, no! Los vasallos se rebelaron y exigieron el cumplimiento del trato

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Mientras el rey se encolerizaba, grandes nubes oscurecían el cielo.
La princesa, tan valiente como resignada, de su propio pie salió de la ciudad.

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El dragón la vio de lejos, y salivaba toda su boca: ¡una princesa! ¡Platos como este no abundan!
Sí, el dragón la vio; pero también la vio un caballero con armadura blanca y brillante lanza que, sobre su caballo, se terciaba a pasar por allí.
“Y pues, doncella tan pálida como la Luna, ¿adónde vais?”
“A cumplir con mi destino, desdichada princesa soy, que el dragón ha de comerme. Muriendo yo, salvaré la ciudad un día más.”
Jordi, que así se llamaba el caballero, hizo retirarse a la princesa y acometió al dragón; la lanza hirió gravemente al monstruo, que todo él se encogió, abatido por el milagroso poder de ese guerrero.

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“Ahora, princesa, deshaz el camino hasta el interior de las murallas, yo te seguiré, pues quiero hablar con tus conciudadanos.”
Y así se hizo: se abrieron las puertas de la ciudad y la princesa apareció, sana y entera, ante el rey y los ciudadanos.
Todos rompieron en gritos de júbilo, vitoreando al caballero.
“Cristiano soy, y tengo que deciros que sólo si os hacéis cristianos desaparecerá por siempre la maldición del dragón”, proclamó Sant Jordi.
Y se convirtieron muchos miles, y la paz volvió a las casas de esa gente.

10-11

Después de esta gesta, pudieron volver a salir a cultivar la tierra, y a cazar y pescar, y a hacer jiras en el campo.
Los infantes jugaban sin temor, y los jóvenes podían pensar en el porvenir.

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En el lugar donde cayó el dragón brotó un rosal de todo el año.
Y es todavía hoy que Sant Jordi protege la gente honrada y de corazón limpio.

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